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Las Espigadoras

 

Espigadoras somos, todos —


»La mayoría de los  hombres viven la vida en silenciosa desesperación.
Van de la desesperación de la ciudad, a la desesperación del campo . . . .«—Thoreau



Su procedencia campesina claramente dejó su marca en Jean-Francois Millet cuyas pinturas con frecuencia reflejan escenas rurales de la Francia de la mitad de los 1800’s. Sin embargo, su arte no refleja lo idílico, o el optimismo, o la ne plus ultra de la vida. Por ejemplo , Les Glaneuses (1857) describe el realismo del trabajo implacable y duro de tres mujeres espigadoras en un campo donde el grano abunda, pero no está al alcance ellas. Consistentemente, Millet se enfoca en lo ordinario y en lo real. Examinemos la pintura con detenimiento.

Se ven tres mujeres como parte de un primer plano yermo y desolado. Sus caras y sus facciones se esconden bajo la sombra de sus bonetes, y quizá bajo la sombra de la dura vida que el destino les deparó. Recogiendo rastrojos y sobras de granos, las tres son plasmadas dobladas de la cintura como si llevaran cargas pesadas y aplastantes. Una de ellas descansa su brazo en la espalda, quizá para mantener el equilibrio, quizá para apoyar sus exhaustos músculos. Las caras y las manos de las tres llevan los tonos de la tierra, un bronce que se puede apreciar en el mismo terreno, y aun en el cielo.

El sol brilla esplendorosamente, pero no sobre las espigadoras. En el fondo están los jornaleros a sueldo, gentes afortunadas y suficientemente sanas para desempeñar el trabajo. Éstos, están bañados de luz solar; sus ropas son de color blanco puro. No lejos de los jornaleros se ven dos abundantes almiares, simbolizando una  cosecha de abundante prosperidad. Cerca de los jornaleros, se ve una carreta tirada por bueyes, y a la distancia, un hombre montado a caballo. Quizá es un administrador, quizá es el dueño del campo. El hecho de que monta un caballo lo posiciona sobre el trabajo y como resultado de eso, está más alejado de la tierra que los jornaleros y las espigadoras.

No podemos afirmar con seguridad cuál es el significado que se intenta en algunas de las imágenes. Lo que sí podemos afirmar es que los obreros no están solos. Trabajan en grupo, tienen recursos a su disposición, como los bueyes y la carreta. Los almiares sugieren el final de la jornada. Por el hecho de trabajar en equipo, los jornaleros se  comparten el esfuerzo agobiante, disminuyendo de esa manera la dureza de la labor.

 

Sin embargo, las tres espigadoras no tienen a nadie, solo se tienen a ellas mismas y algunas gavillas insignificantes de grano. Aparentemente, nadie las nota. El hombre en el caballo está muy alejado de ellas. Se pudiera decir que así como la cosecha abundante, la vida les pasa de largo. O, no se han dado cuenta que ahí están, o han sido ignoradas. Mientras que otros viven con un semblante de esperanza, las tres mujeres trabajan inadvertidas, y en algunas maneras son más como la tierra que gente real. Millet pinta sus manos demasiado grandes, con dedos cortos y gordos, arañando la tierra del color del bronce, como la piel de ellas.

Sin embargo, una de las mujeres está erguida, casi derecha, su cabeza casi tocando el cielo. Quizá, tuvo sueños de una vida mejor. Es posible, su cara está más cerca de las nubes. Casi puede mirar hacia arriba con esperanza, pero no completamente. ¿Hay alguna promesa de matrimonio y con ella una esperanza de una vida mejor? Sus compañeras solo pueden mirar hacia abajo, hacia   el suelo. Sus manos ávidamente buscan en el suelo algunas espigas que hayan dejado los jornaleros a sueldo. Es cierto que una de las mujeres esta medio erguida, pero su cabeza, como la de sus compañeras, nunca puede ver hacia arriba. Ella, al igual que ellas, han sido plasmadas como figuras congeladas cuyas caras deben por siempre mirar hacia la tierra. De igual importancia, en el tenue fondo, se aprecian los trazos de un señorío o hacienda, una hacienda alejada y fuera del alcance de las tres espigadoras.

Siendo que las tres espigadoras se asemejan la una a la otra, la sugerencia puede ser la de un vínculo común, una semejanza de vida. La postura de la que está erguida podría sugerir una pequeña diferencia, pero la realidad es que las tres están igualmente y para siempre atadas a la tierra. La vida que viven ahora, será la misma que vivan mañana y la que vivirán hasta que no haya más vida en esta tierra. En vida viven sobre la bronceada tierra y en la muerte, sus bronceados cuerpos regresarán a la bronceada tierra.

Hay otro elemento artístico en la pintura que no debemos pasar por alto. Millet ha revertido los tonos claros y los oscuros poniendo los claros en el fondo, y los oscuros en el primer plano. La yuxtaposición de un fondo claro contra la posición de un primer plano oscuro le agrega aun más un sentido de disonancia al ambiente de la pintura. Lo que debería verse como cercano está realmente muy lejos, y lo que debería verse como lejano, está ahí frente a nosotros. Es casi como si la pobreza de las espigadoras es una vida de la cual no hay escape. Podemos ver la luz, pero siempre está distante y alejada, fuera de nuestro alcance pero no fuera de nuestra vista.




Del polvo de la tierra Dios formó al hombre 





Esta fusión de tierra y vida por Millet, hace eco en algo dentro de nosotros, seamos agricultores o no, seamos espigadores o no. Estamos atados a esta tierra. Dios formó al hombre del polvo de la tierra y lo llamó adham, palabra que significa  “rojizo.  Su nombre, Adán, no solo refleja su apariencia, sino también su origen

Las palabras en el Génesis son especialmente reveladoras. Dios lo llamó Adán porque fue hecho de adhamah, tierra. Las Sagradas Escrituras dicen, “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra” (2:7). El verbo aquí en hebreo es yatzar y significa moldear o dar forma. La misma palabra se aplica a un alfarero que da forma a un vaso utilizando barro. Como un alfarero, Dios formó al hombre de la tierra, y prácticamente lo llamó terrizo.

Poco después Dios maldijo la serpiente, “sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida.” (Gen. 3-14)  A causa de que la serpiente tentó a Eva con un fruto que colgaba de las ramas de un árbol, por ende, muy por sobre el polvo de la tierra, la serpiente fue confinada al polvo de la tierra y polvo comería.

Con respecto al hombre, el polvo también jugó una parte en la maldición. “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás,” (Gen. 3:19). El hombre retornaría al polvo del cual había sido formado, y mientras tuviera vida, trabajaría esa tierra para tener pan, para seguir viviendo, para su sustento. Su vida y su muerte serían inseparables del polvo, polvo que a la vez, describe su origen y su destino. Siendo que el hombre fue hecho del polvo, podríamos esperar que hubiera alguna afinidad entre el hombre y la sustancia de la que fue formado. Y sí la hay; sin embargo, así como existirá enemistad entre la simiente de la mujer y la serpiente, también existirá enemistad entre el hombre y el polvo del que fue formado y al  cual regresará. Lo que debió haber sido una alianza, dado que el hombre fue formado de la tierra, vino a ser  sudor, desilusión, y una vida de  trabajo duro.

Sin embargo, inexplicablemente estamos fascinados por la tierra— quizá al mismo grado en que  dependemos de ella. El hombre puede voltear hacia arriba a mirar las estrellas y soñar, pero debe mirar hacia abajo, hacia el plato del que está comiendo. No todos podemos ser agricultores, pero es el agricultor el que tiene una visión realista de la vida. Sus manos están  tienen la tierra. Sus pies están sobre el suelo, y mira directamente hacia el frente. Si no, al arar la tierra, los surcos estarán chuecos y feos.

El abogado piensa en la ley, pero  la ley no se puede comer. El ingeniero piensa en las matemáticas, pero las matemáticas no se comen. El hombre de negocios piensa en el dinero, pero en el último análisis, el dinero de papel no se puede comer. El hecho es que, porque estamos formados del polvo de la tierra, estamos entrelazados con la tierra. Construimos nuestras casas sobre la tierra; obtenemos nuestros alimentos de la tierra, y cuando esta vida se acabe, retornaremos a la misma tierra de la que hemos sido formados.

Como Salomón, podemos construir casas, plantar jardines, plantar huertos y viñedos, inclusive construimos albercas para refrescarnos en las tardes calientes. Movemos la tierra para hacer carreteras, y hablamos de la majestuosidad de la tierra con sus montañas y sus cañones. Podemos caminar a través de la quietud de un bosque plantado en la tierra, pero al fin de cuentas, esté como esté el paisaje, o hagamos lo que hagamos, Dios ha determinado que estemos entrelazados con la tierra de la que venimos:

No hay cosa mejor para el hombre sino que coma y beba, y que su alma se goce con su trabajo. También he visto que esto es de la mano de Diosm the hand of God. —Eclesiastés 2:24

 

Inclusive escribimos poemas sobre la tierra y de lo que ésta produce. Muchos reconocemos este poema sentimental de Joyce Kilmer—

Creo que jamás mis ojos podrán ver,

Poema tan dulce como un árbol al amanecer.
Un árbol cuya hambrienta boca,
Presiona el corazón de la tierra que toca.
Un árbol que a Dios mira todo el día,
Y en oración eleva sus hojosos brazos cada día.
Un árbol que lucir puede en verano,
El nido de un ruiseñor en su cabello adornado.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Los tontos como yo suelen escribir poesía,
Pero sólo Dios puede crear árboles cada día a tree.

Aun en la literatura sagrada, los sentimientos son muy semejantes. Algo dentro de nosotros nos identifica con la tierra. Encontramos consuelo en las imágenes de la tierra del Salmo 23:

Jehová es mi pastor; nada me faltará,
En lugares de delicados pastos me hará descansar,
Junto a aguas de reposo me pastoreará,
Confortará mi alma.

Encontramos confort en imágenes de aguas tranquilas, y en el verdor de los pastizales. De alguna manera instintivamente, reconocemos las imágenes del Edén y de la vida que alguna vez vivimos. Nada puede restaurar nuestras almas tan bien como la belleza de un jardín de encanto terrenal.

Nos paramos debajo de las ramas de un gigantesco Secoya y miramos hacia arriba impresionados, mientras que estamos enraizados al igual que el árbol, a la misma tierra. Somos de esta tierra. Nos maravillamos del rápido crecimiento de un árbol que plantamos apenas el año pasado, y nos extasiamos al probar el fruto de sus ramas. En la vejez labramos la tierra del jardín y plantamos comestibles que fácilmente podríamos comprar en la tienda, pero las plantamos. Con nuestras manos en la tierra, sentimos la misma emoción de un niño que juega con la tierra. Somos hechos de tierra.

En momentos especiales en la vida, mandamos flores a nuestros amigos, flores que crecieron en la tierra, pero que al arrancarlas, pronto se marchitan. No estamos plantados en la tierra, pero somos tan dependientes de la tierra como lo es la flor.

Conectados a la tierra estamos, y a la tierra hemos de retornar, pero nuestro espíritu retorna a Dios que lo dio.

 

 

 

 

Rut espigó en el campo





Al igual que las espigadoras, todo tenemos momentos en la vida, momentos en que nos asimos  a la vida con desesperación. Por culpa de Adán, conocemos el dolor de la desesperación, y conocemos también la tierra. A veces  nos llenamos de pánico y lloramos, pensando que a nadie le importamos, y que la vida nos aplasta por todos lados. Como las espigadoras en la pintura de Millet, nuestros hombros están doblados bajo una carga invisible y estamos agotados de la vida. Todos tenemos momentos como esos, todos entendemos el dolor que invade nuestro corazón como una fuerza invisible de otra dimensión. Y es en momentos como estos en que la lucha por la vida nos vence y sentimos que hemos llegado al final de una vida inútil y sin sentido, es en momentos como estos, en que Dios está más cerca de lo que pensamos. Nuestras caras están fijas en el suelo, pero su cara está fija en nosotros. Podemos ver las tres espigadoras en la pintura de Millet, pero las mujeres no se enteran de los que vemos la pintura. Usted podría decir que somos figuras de una pintura, con nuestras caras volteadas hacia el suelo, con  nuestros hombros cansados y doblados, pero Dios mira esa pintura y la entiende. Rut fue una espigadora. Su historia es una historia de pobreza extrema, aparentemente de un futuro sin esperanza. Ella es viuda; sin embargo, no abandona a la vieja Noemí quien también es viuda—

Porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y donde quiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios . — Rut 1:16

Cuando las dos mujeres finalmente llegaron a Judea, Rut va a los campos a espigar, sin saber que Dios había preparado una nueva vida para ella, un nuevo principio. Se convertiría en la esposa de un hombre rico y noble llamado Booz, y sería la madre de un niño con un futuro que jamás ella podría haber soñado.

Si la historia de Rut comienza  con tristeza, el final de la historia nos cuenta algo muy diferente y—

Booz, pues, tomó a Rut, y ella fue su mujer . . . diese a luz un hijo. Y tomando Noemí el hijo, lo puso en su regazo, y fue su aya. Y le dieron nombre las vecinas diciendo: Le ha nacido un hijo a Noemí; y lo llamaron Obed: Este es el padre de Isaí, padre de David. —4:15, 16, 17

Sin duda que en aquella villa, nadie hubiera jamás sospechado que el hijo que les nació a Booz y a Rut, sería el abuelo de David y un ancestro de Cristo. Otros en el pueblito se regocijaron con Noemí por el nacimiento de Obed, pero nadie, excepto Dios, sabía hasta dónde llegaría el alcance de la bendición de aquel hijo. Los lugareños solo podían ver al niño y el gozo en la cara de Noemí, pero solo Dios pudo ver la pintura y el futuro distante.

Como Rut, no estamos exentos de convertirnos en espigadores en el campo de la vida. Nuestros dineros pueden desvanecerse, podemos ser despojados nuestras casas y de nuestros trabajos para que se los den a otros. Literalmente podemos de repente encontrarnos en aprietos muy serios, dudando de nosotros mismo y para lo que hemos vivido. Podemos escarbar la tierra con nuestras manos en una esperanza infructuosa. Cuando la pesadez de la vida se hace insoportable, y nuestro dolor es más de lo que podemos soportar, cuando somos reducidos a espigar nuestros alimentos diarios, recordemos a Rut y a Dios que está cerca. Es necesario alzar nuestros ojos hacia arriba.    

—James Sanders

 




»He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos;
porque ya están blancos para la siega.«


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