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Soñar el sueño imposible

Alcanzar la estrella inalcanzable

Esta es mi búsqueda

Soñar el sueño imposible,
Enfrentar al enemigo imbatible,
Enderezar entuertos
Este es mi intento—
Perseguir esa estrella

 

 

SE LE PASABAN le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

Don Quixote

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Está mi alma hastiada de mi vida,
Hablaré con amargura de mi alma— Job 10:1

HE AQUÍ una advertencia: los libros y el mucho estudio, puede resultar en una vida impráctica y sin sentido—

No hay fin de hacer muchos libros; y el mucho estudio es fatiga de la carne. —Eclesiastés 12:12

Dicho de manera simple: La vida es inescrutable y más allá de nuestro entendimiento; podemos imaginar que podemos planear detenidamente nuestro problema pero realmente no podemos; ningún libro, ningún psicólogo, ningún esfuerzo humano, tiene la respuesta. Estamos sin saber qué hacer, y lo que es peor, estamos conscientes de que no sabemos qué hacer.

Pongámoslo a la manera del Eclesiastés—

Lo torcido no se puede enderezart, y
lo incompleto no puede contarse—1:15

Simplemente no podemos contar elefantes en un cuarto donde no hay elefantes. No podemos contar lo que no existe. Sin embargo, la paradoja del Eclesiatés va aún más lejos – Aquello que está ausente implica que realmente algo está faltando, algo está ausente. Sabemos que algo falta, y sin embargo, ni siquiera sabemos qué es. No podemos contar lo que no está ahí y no podemos identificar lo que está ausente. Claramente, sabemos que algo está mal, pero no le podemos dar un nombre a ese algo,  tampoco podemos identificarlo, y ciertamente no podemos contarlo; es para volverse loco, vivimos la vida pero nunca la entendemos.

En una ocasión un médico, quien se encontraba en medio de una crisis que lo había llevado a una desesperación absoluta y que lo había dejado sin respuestas, llorando se preguntaba: “¿Es esto todo lo que hay en la vida? ¿Hay algo más?” Él sabía que había algo más, pero no podía identificar qué era, estaba desconcertado, frustrado, y sin explicación; constantemente se hacía la misma pregunta, pregunta que nadie le podía contestar. Su vida era un caos.

Claro que deseamos que nuestra vida tenga algún significado aun cuando no sabemos qué es lo que le daría significado a nuestra vida – no se puede contar lo que está ausente. Sabemos que ese “qué” está ahí, en alguna parte, en algún lugar; que hay alguna forma de darle sentido a nuestra vida, pero no sabemos cómo, ni tampoco podemos.

Como Don Quijote, nos lanzamos a una causa que solo termina en locura. La causa puede ser buena, inclusive noble, pero pelear contra molinos de viento no nos lleva a ninguna parte. Don Quijote creyó en un código caballeresco, en gran parte por lo que había leído en los libros. Se obsesionó comprando libros dondequiera que podía, vendía tierras de labranza para poder comprar más libros, y llevaba a su casa tantos como podía cargar en sus brazos. Y cuando encontraba algún pasaje en uno de sus queridos libros que no entendía, se pasaba despierto toda la noche meditando en ello:

La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, con tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. —capitulo 1

Don Quijote no podía darle sentido a lo que no tiene sentido, pero sabía que las palabras deben dar un significado; así que, decide poner en práctica las palabras que no puede entender lanzándose como caballero errante. Rescataría al mundo de todo género de injusticias y enderezaría todo lo que estuviera torcido.


Don Quijote fabrica una armadura, al menos, lo que para él sería la clase de armadura que un caballero errante debería usa al embarcarse en una espléndida aventura; siendo que su casco no tiene visera, le fabrica una de cartón. Aparentemente tiene dudas de que la visera sea la apropiada y decide poner a prueba su armadura golpeándola con la espada – sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana. Momentáneamente este fracazo le trae algo de relidad y fabrica otra armadura, pero esta vez, la da por buena y no pone a prueba su nueva armadura. Claramente Cervantes intenta que esta escena sea cómica, pero cuando leemos a Cervantes en estos años, encontramos un significado más profundo; el cómico Quijote viene a ser una desilusión para nosotros.

 


En busca de lo perfecto


Críticos literarios como Aubrey F. G. Bell han dicho que todo mundo debería leer este libro tres veces en la vida: en la juventud, en la edad media, y finalmente, en los últimos años de la vida. Unamuno, quien pensó que pudo haber explicado el Quijote mejor que Cervantes, se vio forzado a estimar la obra literaria como profundamente perspicaz y folosófica.

Un hombre puede perseguir lo que es noble y bueno, puede undirse en el estudio y en los libros, solo para descubrir en sus últimos años, un sentido de absoluta inutilidad. Lo que le sucedió a don Quijote es que no había un balance en su idealismo. La realidad simplemente no está en un libro, ni siquiera en el intento de enderezar lo que está torcido; eso, simplemente no se puede hacer.

Nos vestimos con la armadura de Dios y vamos al frente a luchar contra el enemigo, como se nos dice—

Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado, estar firmes —Efesios 6:13

Peleamos con entusiamo la buena batalla de la fe (1 Timoteo 6:12). Así es como debe ser. Asistimos a la iglesia, leemos nuestra Biblia, oramos, ayudamos al necesitado, y no deseamos que se note lo que hacemos para Dios y para otros. Lo que hacemos, lo hacemos desinteresadamente, esa es la manera de hacerlo.

Pero luego viene el problema; una experiencia que estremece nuestro mundo; se nos muere un hijo; un hijo o una hija a quienes hemos dedicado nuestra vida, se va por el camino equivocado, haciendo a un lado la iglesia, la madre, el padre y a Dios. O, puede suceder que la iglesia alrededor de la cual hemos edificado nuestras vidas, de repente se corrompe. Un ministro se va con la mujer de otro, o un tesorero se roba el dinero de la iglesia, o alguien a quien alguna vez admiramos se transforma en un amargado por enredarse en una disputa insignificante, usualmente por el poder, es en casos como esos que sacudimos nuestras cabezas porque nuestro mundo se estremece.

Sin embargo el evento no necesariamente tiene que ser trágico, a veces la desilusión es más gradual, más lenta. Hacemos lo que es correcto, pero no parece tener ningún efecto. En una ocasión un predicador con brusquedad le dijo a un miembro de la familia: “¡Yo estoy bien; la gente es la que está equivocada, si tan solo actuaran correctamente, no tendríamos estos problemas!” Por supuesto que ningún hombre está bien, a menos que esté bien con Dios. Y nunca podemos estar bien con Dios hasta que veamos el mal que está dentro de nosotros. El Fariseo que llevamos dentro puede dar gracias a Dios por todo lo que hacemos por Él, pero es el publicano quien implora: Dios, sé propicio a mí, pecador (Lucas 18:13).

Es precisamante aquí, en esa piadosa búsqueda de lo noble y lo bueno, en que está el peligro. La paradoja consiste en que entre más grande sea el esfuerzo por encontrar lo noble y lo bueno, más se empeoran las cosas.



Es un pensamiento aleccionador. Los que nos hemos perdido en esa lucha por encontrar lo perfecto, estamos en riesgo de perder el alma por desear desesperadamente hacer lo perfecto. El idealismo debe tener un ideal, algo muy por encima de nosotros. Ahí está la adevertencia—

No seas demasiado justo, ni seas sabio con exceso; ¿por qué habrás de destruirte?
No hagas mucho mal, ni seas insensato; ¿por qué habrás de morir antes de tiempo? —Eclesiastés 7:16, 17

Hay un sentido en el que podemos ser obsesivos en la vida, especialmente en nuestros intentos de ser perfectos y querer hacer que el mundo sea perfecto también. La realidad es que no podemos hacer ni lo uno ni lo otro. Somos justos porque hemos sido perdonados, pero en lo que respecta al mundo, no podemos contar lo que no hay, ni siquiera podemos comenzar a rectificar lo que está mal. Considerémos por un momento nuestras propias vidas. No podemos retractar un comentario hiriente que no debimos haber dicho; aun cuando las palabras son invisibles, no podemos borrar el daño hecho; las palabras son temporales; los efectos son permanentes – mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio (Mateo 12:36). Si todos los errores fueran tan simples como robar, todo sería mucho menos complicado y fácil de corregir, el dinero robado se puede devolver pero cuando robamos la mujer de otro en adulterio,  lo torcido no se puede enderezar (Eclesiastés 1:15).

Podemos contar el dinero, mas no así las vidas. No podemos contar lo que no está ahí. No podemos cambiar lo que debiera ser en lo que nunca debió haber sido. No podemos enderezar lo que está torcido; es cierto que podemos ver el mal, pero no podemos deshacer el mal, o convertir el mal en bien. El trigo y la cizaña deben crecer juntos hasta la cosecha de Dios; de hecho, cosechar antes de eso, podría resultar en un daño— No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo (Mateo 13:29).

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Lo entendamos o no, la completa erradicación del mal, está más allá de nuestras posibilidades; el juicio pertenece a Dios, no a nosotros:

Mía es la venganza;
yo pagaré, dice el Señor. —Romanos 12:19

Quizá querramos que las cosas sean perfectas; tal vez quisiéramos que el mal sea castigado, pero ninguna de las cosas van a suceder en la manera que quisiéramos; es necesario que recordemos que es Dios el que se hará cargo de eso; es una desilución pensar de otra manera, y esto conlleva un cierto peligro, porque dedicamos nuestras vidas a Dios solo para que al final, terminemos casi en la locura; nos frustramos y nos salimos de balance, haciendo trizas nuestras propias palabras y la vida propia; nuestros pensamientos se tuercen, se distorcionan; y esto trae como cosecuencia, una vida totalmente cínica. Así como demasiada sal arruina la comida, demasiada rectitud arruina la vida, — no seas demasiado justo.

En una ocasión un hombre entró en el ministerio de Dios con grandes esperanzas, deseaba que su vida fuera diferente a la que vivió en su niñez; sin embargo, ahora, en sus últimos años, su predicación se transformó en arranques de ira con tonos fuertes y horribles. Como Don Quijote, el hombre se aventuró en una causa noble, pero a diferencia de Don Quijote, no supo balancear su idealismo con un sentido de pragmatismo; veía el error en otros y se imaginó que él sabía cómo corregir todos lo errores. Estaba ciego, había dado su vida para hacer el bien solo para desilusionarse consigo mismo, con la iglesia, y con el mundo; entre más vivía, más amargado se hacía.

La ironía en este hombre es que en su obsesiva rectitud, deja el mal del mundo sin tocar y esto le dañaba de manera que ni él mismo entendía. Nadie jamás rechazó a don Quijote por su idealismo, pero a este hombre, lo rechazó la gente; continuó predicando, pero la gente dejó de oirlo; mejor hubiera sido si él hubiera luchado contra molinos de viento y que hubiera sido derribado del caballo. Todos hemos visto hombres como este, y deseamos pensar que quizá no es demasiado tarde, pero este señor se había obsesionado tanto en enderezar lo torcido que él mismo estaba tan distorcionado como lo que condenaba; sin duda, otros ven lo que nosotros no vemos.

La rectitud es buena, pero un desequilibrio en cómo nos vemos a sí mismos y cómo vemos al mundo, es desastroso. Los castillos en el aire deben construirse en el aire, dice Thoreau; pero hay que poner fundamento debajo de ellos; necesitamos tener los altos ideales de don Quijote y el sentido común de Sancho Panza; necesitamos los castillos en el aire, pero es necesario poner los pies sobre la tierra; necesitamos ir en búsqueda de lo noble y lo bueno, pero no debemos tomarnos demasiado en serio. Tenemos un rol en la vida, pero nuestro rol no es el rol de Dios. Dios se encargará de todo lo malo, y lo hará a su propia manera y a su propio tiempo; en el entretiempo, recordemos estas palabras—

Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de tí: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios. —Miqueas 6:8

Podemos ser demasiado justos; pero nunca podemos ser demasiado humildes.

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Bell, Aubrey F. G. Cervantes. Norman, OK: U of Oklahoma P, 1947. Print.
Unamuno, Miguel. The Life of Don Quixote and Sancho according to Miguel de Cervantes. New York: Knopf, 1927. Print.

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