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No saber ya qué hacer

 

¿Comprende usted lo que significa

no saber ya qué hacer, qué camino tomar?

“Notno busco diversión, sino dolor puro.
Y con desesperación dejó caer su cabeza sobre la mesa.”  —Fedor Dostoievski

EL MAL INFECTA. En Crimen y Castigo, Dostoievski describe las funciones sicológicas internas de una mente que está al borde de la locura, una mente en la que domina la irreflexión y la pérdida del control de sí mismo, y al hacer esa descripción, Dostoievski se aventura en las profundidades de la vorágine del mal mismo. En efecto, inclusive algunos de los protagonistas menores de la novela, son descritos como perdidos y en las garras de algo que supera por mucho sus propias fuerzas, en las garras de algo que ni comprenden ni tampoco se pueden escapar. En Dostoievski, nos lanzamos en una aventura que va más allá de una mera descripción superficial, penetramos en un mundo obscuro en el que el mal encarcela y tortura despiadadamente el alma del hombre. Uno de esos protagonistas es Semione Zakharich Marmeladov que, aun cuando el personaje es ficticio, su comportamiento y total desesperanza son reales. Hemos visto y conocido personas en semejantes condiciones

La escena en la que por primera vez encontramos a Marmeladov, nos ofrece un vislumbre sicológico de cómo el mal transforma e infecta al hombre, hundiéndolo en una enajenación absoluta. El digno de lástima Marmeladov se desprecia a sí mismo, desprecia la condición en la que ha caído, se embriaga porque su vida es miserable, y cuando está sobrio, descubre que su vida es aún peor; no puede salir del círculo vicioso y no puede dejar de tomar; el vicio lo tiene esclavizado.

Raskolnikov (protagonista de la novela) encuentra a Marmeladov en un antro de vicio; sin embargo, las conversaciones que sostienen son penetrentes y angustiosas. Su familia desea que vuelva al hogar, pero Marmeladov está demasiado avergonzado para regresar, ha estado durmiendo bajo la cubierta de barcazas en los canales de San Petesburgo por cinco días. Está sucio y despeinado al acercarse a aquel completo extraño, al acercase al joven Rascolnicov—

Era un hombre de algo más de cincuenta años, de talla mediana y complexión robusta, con unos mechones de cabellos grises, debajo de los cuales veíase relucir la piel del cráneo. Su rostro abotagado, característico del alcohólico, era de un amarillo casi verdoso, y bajo sus párpados hinchados brillaban unos ojillos enrojecidos, llenos de vivacidad; algo había en él que llamaba en especial la atención…por momentos cruzaban sus ojos ráfagas que bien podían considerarse de locura. Vestía un viejo frac negro, desgarrado, con un solo botón;

Sus gestos y modales estaban impregnados de solemnidad burocrática. Sin embargo, parecía inquieto, se mesaba los cabellos y, de vez en cuando, se tomaba la cabeza con las manos, con desesperación, apoyando los codos rotosos en la mesa pringosa e inmunda de cerveza.

La frase, “ráfagas que bien podían considerarse de locura” es muy elocuente. Marmeladov no solo está desesperado, sino que sigue un curso de vida que hace que todo sea peor y aun más desesperanzador. Se culpa a sí mismo, y en cierto sentido, traza su propio curso, pero una vez que el viaje hacia la desesperación comienza, Marmeladov se ve a sí mismo a la deriva en un oceano del cual no hay regreso, es como un barco sin timón en medio de una tormenta.

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Semione Zakarish Marmeladov era tal hombre. Marmeladov bebe, pero no se goza en su bebida; sin embargo, no puede dejar de beber aun cuando está bien consciente de que su vida se desarolla ante sus propios ojos, en dolor y desesperación.

“¿Cómo podría hacer yo para no sentirlo? Y cuanto más bebo, más lo siento. Bebo porque encuentro en la bebida una mayor capacidad de sufrimiento y de piedad…no busco diversión, sino dolor puro… ¡Bebo para sufrir más intensamente!”  Y con desesperación dejó caer su cabeza sobre la mesa.

La conversación entre él y Raskolnikov diseña en imágenes muy realistas lo que sucede cuando la embriaguez se apodera del alma y no suelta su demoniaca sujeción. Hay personas que beben para recordar, y existen otras que beben para olvidar, pero Marmeladov no puede hacer ninguna de las dos cosas, simplemente bebe porque debe  beber, y entre más bebe, más avergonzado se siente. La misma borrachera que persigue lo lleva a la deseperación y al mismo tiempo le roba toda su dignidad; se sienta a la mesa, animado y burlado por la misma embriaguez que está disfrutando. Él está consciente de lo que está sucediendo, pero no puede revertir el curso que su vida ha tomado.

El vino es mofador, el licor alborotador; nunca será sabio el que a ellos se entrega. —Proverbios 20:1

Otros en la taverna podrían reírse del lastimoso Marmeladov; pero la burla viene realmente de él mismo. Es un hombre que cree que lo ha perdido todo. Pronto descubrimos que tuvo una buena posición en el gobierno, una posición respetable que pronto se evaporó en la nada— “la perdí por culpa mía.” A medida que continúa con su discurso, nos damos cuenta que su situación en la vida no fue del todo mala, pero su vicio empeoró todo más allá de lo imaginable. —

Se precipitó sobre Raskolnikov con tal decisión que hubiera podido creerse  que también él hacía un mes que no conversaba con persona alguna. —Estimado señor —comenzó en tono casi solemne—, la pobreza no es un vicio. Sé también que la embriaguez en ningún caso es una virtud. Pero la miseria, señor, la miseria es un delito. En la pobreza se conserva todavía la nobleza de los sentimientos; en la miseria, nadie ha logrado hacer tal cosa. Para expulsar al individuo hundido en la miseria no se toma un palo, sino una escoba, para humillarlo más aún; admito que cuando estoy en la miseria soy el primero en insultarme, y tienen razón, pues en la miseria se está siempre dispuesto a humillarse. ¡Esa es la causa del deseo de beber!

Está mal, pero los hombres tienden a despreciar a aquellos que son más pobres que ellos mismos, y una vez que el hombre se convierte en miserable, ya no puede caer más bajo.

Aún las gentes que supuestamente son justas lo rechazan. Al rico se le da el asiento de honor, y al que está en la pobreza se le habla con brusquedad y crueldad —

Y entra también un pobre desarrapado; si atienden bien al que lleva ropa elegante y le dicen: “Siéntese usted aquí, en este lugar cómodo”, pero al pobre le dicen: “Quédate ahí de pie” o “Siéntate en el suelo, a mis pies. — Santiago 2:2, 3

Por supuesto que esa no es la religión que Dios quiere de los hombres, así como tampoco quiere que los hombres murmuren, o cometan adulterio o codicien el dinero, pero los hombres hacen todas esas cosa, inclusive hombres religiosos, y al hacerlo: “desprecian a los pobres”. Quizá, más que cualquier otra cosa, es el trato que damos a los pobres lo que nos hace dignos ante Dios. Con Marmeladov todo el respeto ha desaparecido y ahora está en la miseria, sin esperanza, y burlado por él mismo y por otros. Ha venido a ser lo que ningún hombre quiere llegar a ser, lo que ningún hombre sueña que podría suceder. El vino es un burlador.

Nadie que bebe con persistencia piensa que puede llegar a terminar como Marmeladov, pero eso es precisamente lo que sucede, y no importa si el hombre es educado, o ignorante, si es rico o pobre, si es religioso o impío, hay veneno en la copa —

No te fijes en lo rojo que es el vino, ni cómo brilla en la copa, ni en la suavidad con que se desliza; porque acaba mordiendo como serpiente. —Proverbios 23: 31, 32

Una vez que el veneno ha alcanzado su saturación, la muerte comienza gradualmente, de manera que el hombre puede sentir el dolor de su ruina, y puede verse a sí mismo luchando por mantenerse a flote en corrientes de desesperanza cada vez más profundas. La descripción que Marmeladov ofrece, revela que él se encuentra peligrosamente cerca a aventurarse en el abismo del que no hay regreso. Su esposa es de una clase social más alta que él, y se casó con él porque no tenía otra alternativa. Sin embargo, al describir a su esposa, Marmeladov nos ofrece un espejo del vasto vacío que hay dentro de él. Al hablar de ella, realmente está hablando de sí mismo —

Acabó por aceptarme como esposo… ¡Con amargas lágrimas, sollozando y retorciéndose las manos!… La pobre no sabía qué hacer. ¿Comprende usted, señor, comprende usted lo que esto significa, no saber ya qué hacer, qué camino tomar? No, usted no lo comprende todavía. . . .

Marmeladov cree que él es la ruina de su esposa quien está a punto de morir, sufriendo  en el último grado de la tubrecolosis; tose y jadea de forma cruel, pareciera que cada acceso de tos y cada jadeo fueran los últimos de su vida.  Está pálida y chochea sin sentido de dirección, y como Marmeladov, está perdida en la vida. Más tarde en la novela, muere en la calle en la indigencia, parodiando a sus hijos, a quienes viste de saltimbanquis en un intento lastimoso de hacerse de unas cuantas monedas de los transeúntes; muere sin saber ya qué hacer, qué camino tomar.  Aparentemente esta escena describe al mismo Marmeladov tanto como describe a su moribunda esposa: “¿Comprende usted lo que significa, no saber ya qué hacer, qué camino tomar? Literalmente Marmeldov se encuentra en el final de su camino, ya no le queda nada, ni esperanza siquiera; es un hombre vencido, derrotado por la vida y sin posibilidad de recuperación.

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Marmeladov muere antes que su esposa. El último indicio que tenemos de él, es cuando lo vemos en la escena de un accidente en la que, o se tropieza o se lanza deliberadamente entre las patas de un tronco de fogosos caballos grises que van tirando de un carruaje. Los caballos se asustan y se encabritan, y se asustan aún más con los alaridos de dolor del atropellado, y patalean, y golpean el pavimento quizá para acallar los alaridos y deshacerse del cuerpo que tienen bajo sus pezuñas. La muerte finalmente silencia al desafortunado Marmeladov—golpeado hasta la muerte bajo las pezuñas de los caballos que no tenían la intención de hacerle daño. Marmeladov, al caer al pavimento, no pudo escapar el círculo vicioso de la muerte, lo único que pudo hacer fue gritar y los gritos solo añadieron sufrimiento a su dolorosa e irreversible muerte. Una vez caído, estaba fuera de rescate y él lo supo.

Algo que estaba en el suelo, junto a las ruedas. Todo el mundo hablaba, haciendo comentarios, y parecían consternados; el cochero se lamentaba entre suspiros…En medio de la calzada, yacía ensangrentado y privado de conocimiento un hombre que acababa de ser atropellado por los caballos, mal vestido…De su cabeza y rostro, llenos de heridas, manaba sangre en abundancia.

¡Dios mío! —gemía el cochero mesándose los cabellos— Le vi atravesar la calle tambaléandose, a punto de caer; le grité una, dos, tres veces, contuve los caballos, pero vino a tirarse casi delante de sus patas…Hay que creer que lo hizo a propósito, o, si no, es que estaba borracho.

Mientras que la escena puede ser conmovedora, Dostoyevsky agrega que a pesar de sus exclamaciones, el cochero no parecía muy impresidonado. El carruaje debía pertenecer a algún personaje influyente, quien estaba esperando la llegada del cochero. Los policías estaban conscientes de la necesidad de un reporte del accidente inmediatamente y así lo hicieron con rapidez mecánica, y en cuanto a Marmeladov quien murió, Dostoyevsky termina el párrafo lacónicamente y con palabras muy simples: “nadie sabía quién era ni dónde vivía”.

Con demasiada frecuencia damos la bienvenida al mal y pensamos de su insidia como si fuera un pequeño defecto sin importancia, y nos justificamos pensando que después de todo, otros, son culpables de daños aún mayores; de esa manera razonamos, y nos mentimos.  Negamos que la concupicencia que llevamos dentro pueda transformarse en algo que no podamos controlar, algo de lo que no podamos librarnos. Sin embargo, la Escritura no muestra un cuadro del mal muy diferente al que nos imaginamos—

Todo lo contrario, cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seducen. Luego, cuando el deseo ha concevido, engendra el pecado; y el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte. Mis queridos hermanos, no se engañen. —Santiago 1:14-16

El mal es progresivo: de los malos deseos vamos al pecado, y del pecado a la muerte. Y ahí está la advertencia si pensamos de otra manera: no se engañen. Es un error mortal en nuestra lógica si pensamos de otra manera; ya infectados, el mal sigue su curso. Esto lo podemos ver claramente en Marmeladov; lo encontramos digno de lástima y quizá repulsivo, nos entristece su situación y su obsesión por auto lastimarse, y horrorizados de su triste final y de la crueldad de los que fueron testigos de su muerte.

Luego entonces no debemos engañarnos, tales imágenes revelan enfáticamente cómo el mal destruye paulatinamente; la borrachera es un mal que penetra el alma a travez del cuerpo, y al último, la enfermedad no es tanto la adicción física sino el grave deterioro espiritual; todo mal se comporta de la misma manera, y el resultado siempre es el mismo.

El pecado esclaviza, y conduce a la persona hacia un comportamiento de locura. Nótese la descripción de Marmeladov: “algo había en él que llamaba en especial la atención…por momentos cruzaban sus ojos ráfagas que bien podían considerarse de locura”.  Ese algo considerado como indicios de locura, es el curso del mal.

En una de las parábolas de Cristo, un joven demanda de su padre la parte de la herencia que le corresponde, y se va a un país lejano y derrocha todo lo que posee en libertinaje, viviendo una vida extravagante. Cuando ya no tiene nada y es reducido al nivel de los puercos, la Escritura dice que: Por fin recapacitó (Lucas 15:17).

Haya vivido la vida que haya vivido aquel joven, seguramente fue una vida de locura, y como Marmeladov, de pronto se encontró en condiciones deplorables; sin amigos y sin medios para alimentarse. Afortunadamente para él, tuvo la lucidez de regresar a su casa donde tenía un padre que lo amaba y lo extrañaba entrañablemente: por fin recapacitó.

Marmeladov por lo contrario no sabía ya qué hacer, no sabía ya qué camino tomar. Con frecuencia, esto es lo que pasa cuando el hombre continúa persistentemente en el mal. Un ejemplo muy evidente es el hombre que persiste en adulterio: arruina su matrimonio y destruye sus hijos, no puede nunca deshacer el daño que ha causado, y no puede liberarse de la atracción de la otra mujer. Está consciente de que lo que está haciendo es locura, y no puede remediar su locura, y vuelve al comportamiento que le causa daño y vergüenza.

Y dirás: “Me golpearon, y no lo sentí; me azotaron, y no me di cuenta; pero en cuanto despierte iré en busca de más vino”, —Proverbios 23:35

Marmeladov se describe a sí mismo como un hombre derrotado y muere bajo las implacables pezuñas de los caballos, no fue capaz de revertir ese terrible final. El mal infecta al hombre de manera tan profunda que asesina el alma, a veces de inmediato, a veces paulatinamente.

Es asesinato: “…el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte (Santiago 1:15). Todo mal lleva en su nucleo mentira y muerte; engaña e induce al hombre a un tipo de locura en la que hace cosas que no son en su mejor interés. Muchos hombres, después de ser restaurados, han exclamado, “¡¡Cómo es que pude ser tan insensato!!” El objetivo final del mal es asesinar su víctima y lo hace causándole vergüenza y burla; si el mal es demoniaco, (y lo es) no es nada raro que refleje sus caractrísticas demoniacas.  El conmovedor intercambio entre Cristo y sus enemigos nos ofrece una iquietante perspectiva.

“Ustedes quieren matarme”; y sus enemigos responden burlonamente, “Nosotros no somos hijos bastardos”. La implicación es muy clara: Cristo nació fuera del matrimonio y por eso, bastardo. El Señor ignora el escarnio y refuta exitosamente con un fuerte argumento que trata de cómo el mal tuvo su principio:

El padre de ustedes es el diablo; ustedes le pertenecen, y tratan de hacer lo que él quiere. El diablo ha sido un asesino desde el principio…nunca dice la verdad. Cuando dice mentiras, habla como lo que es; porque es mentiroso y es el padre de la mentira”.  Juan 8:44

Se concluye pues que la decepción y el asesinato están en el corazón del mal; estos elementos reflejan a Satanás, su odio a Dios y todo lo que es bueno. Así como Caín asesinó a Abel, el mal tiene como su úlitmo objetivo, el asesinato. La rasón es simple, el asesinato destruye todo lo que ha sido creado a la imagen de Dios y es por eso, el final que presigue el mal. Dios instruyó a Noe—

Si alguien mata a un hombre, otro hombre lo matará a él, pues el hombre ha sido creado a imagen de Dios.  —Génesis 9:6

El asesinato es pues la mayor ofensa contra Dios. Satanás es la fuente principal de todas las mentiras y todos los asesinatos; sin embargo, Satanás no siempre mata al hombre inmediatamente; en el caso de Marmeladov, la muerte vino gradualmente hasta su último final bajo las pezuñas de los caballos.  Claramente que hubo una gran cantidad de sufrimiento en la muerte de Marmeladov, pero también lo hubo en su vida. Marmeladov llegó al grado de detestarse a sí mismo, y consideraba que había infectado todo aquello con lo que había tenido contacto o amado.

Quizá hay aquí un indicio de cómo el mal engaña al hombre. Y no es que el mal prometa todo aquello que es seductor y prohibido, necesitamos entender que el mal nunca cumple lo que promete. Cualquier gozo que la tentación pueda haber ofrecido pronto se corrompe, se llena de gusanos y de pestilencia. Marmeladov no encontró consolación en su embriaguez, el mal lo sedujo y le dio muerte, pero antes de morir, debió sufrir salvajemente y fue víctima de burlas y desprecio. El mal se burla de nosotros antes de matarnos..

Satanás disfruta el sufrimiento que el mal trae consigo porque el sufrimiento trae dolor a Dios a quien Satanás desprecia aún más de lo que desprecia a las creaturas hechas a la imagen de Dios. Puesto que Dios puede ser afectado por el sentimiento de nuestras debilidades, el hacer sufrir al hombre de alguna manera golpea al Dios que lo hizo. La esposa de Job vio la conección cuando reprendió a Job para que maldijera a Dios y muriera (Job 2:9). Job pudo haber terminado su sufrimiento y morir al maldecir a Dios, o al menos eso fue lo que ella pensó. Si Dios cuida del hombre, (de hecho así es) Satanás, en cambio, odia al hombre y goza el momento cuando un buen hombre cae; Satanás disfruta el sufrimiento que el mal trae consigo y la muerte que el mal causa; los elementos de la mentira, del dolor, y de la muerte forman el mismo diseño, cualquiera que sea el pecado.

En cambio, los que quieren hacerse ricos caen en la tentación como en una trampa, y se ven asaltados por muchos deseos insensatos y perjudiciales, que hunden a los hombres en la ruina y la condenación. Porque el amor al dinero es raíz de toda clase de males; y hay quienes, por codicia, se han desviado de la fe y se han causado terribles sufrimientos. —1 Timothy 6:9-10

La codicia, como cualquier otro mal, nos destruye, no necesitamos codiciar para caer en una trampa y ahogarnos en un mar de destrucción y perdición. El mal siempre hiere con muchos sufrimientos. Marmeladov murió, y nadie sabía su nombre hasta que el joven Raskolniikov vino a la escena— “¡Yo lo conozco! ¡Yo lo conozco!”   

Traducido por E. Spencer


Excerpts from Crime and Punishment are from the translation by David McDuff, 1991.

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