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Prejudice




Sin esperar contestación alguna,

continúa moviendo la lengua

¿Acaso no sería mucho mejor afirmar que tal o cual jumento es de determinado color,
hasta que no se tenga un buen puñado de su pelambre en la mano?






NICOMEDES y Elenita viven tranquilos en su casita que está ubicada en una calle que no está muy poblada. La casita consta de dos recámaras, la sala de estar y un pasillo que comunica con todas las piezas de la casa. Elenita no trabaja…  bueno… digamos fuera de casa, para alguna compañía o negocio, pero es muy hacendosa, mantiene la casita limpia, podríamos decir, casi hasta la exageración. Nicomedes le llama “la hormiguita” porque no para en todo el día. Está en constante movimiento desde las seis de la mañana en que se levanta para preparar el desayuno y la merienda que Nicomedes lleva a su trabajo, hasta como las diez y media de la noche.

Nicomedes es feliz con ella, lo único que le molesta un poco es que así como se mueve todo el día, así mueve también la lengua. Nicomedes dice que Elenita es hiperactiva por partida doble. A él le gustaría llegar del trabajo y sentarse a la mesa para gustar de la buena cena y conversar con ella, pero parece que no es posible: – ¿A qué no sabes que pasó esta mañana? – pregunta Elenita, y sin esperar contestación alguna, continúa moviendo la lengua, – Fíjate que esta mañana salió el vecino da al lado muy bien vestido, y se me hizo raro porque él nunca se viste bien, se subió en su troca, y se fue, quien sabe para dónde iría, y luego, al ratito, como a la media hora, salió la esposa muy emperifollada, se subió en su carro, y se fue, quien sabe para dónde iría. Poquito después, me asomé por la ventana que da a la calle, y, ¿qué crees? La vecina de enfrente andaba barriendo la banqueta con el teléfono pegado a la oreja, quien sabe con quien estaría hablando y, bla, bla, bla. – Elenita, Elenita, – dice Nicomedes con un poco de desesperación, – ya te he dicho en otras ocasiones que en boca cerrada no entran moscas, también te he dicho que lo correcto es pensar antes de hablar y tu haces exactamente lo contrario, un día de estos te puedes meter en problemas serios -.

Sábado en la mañana. –¡¡Son pasaditas las diez viejo, – grita Elenita, – levántate ya, recuerda que tenemos que ir al mercado, ya casi no queda nada en la despensa!! Nicomedes, medio dormido, escucha el grito como si viniera de muy lejos. -Ya… voy, ya… voy vieja, no creí que fuera tan tarde,- apenas se le entiende pues habla en medio de un tremendo bostezo. – ¡¡¡¿Qué dijiste?!!!- grita Elenita, – vale más que no estés diciendo maldiciones, ya sabes que eso no me gusta! Nicomedes, sentado en la orilla de la cama, como que voltea los ojos en blanco, se levanta y se dirije al baño para darse un regaderazo.

Cuestión de unos diez o quince minutos y sale muy fresco y muy perfumado. El olor del tocino friéndose en la sartén golpea su nariz casi con crueldad. Un sudor frío embarga su cuerpo, y siente que sus piernas tiemblan de debilidad. – Eso me pasa por no haber cenado anoche,- pensó. No lo dijo en voz alta por no discutir con Elenita. Un par de huevos estrellados bañados con aquella salsita de chile sabrosísima, un par de tortillas de harina calientitas, y un oloroso café, lo restauran de tal manera que al terminar, se levanta de la mesa, estira los brazos, y dice: -Me siento como campeón.- Se va a la sala a esperar a Elenita, – a veeeer hasta cuaaaando está lista,- piensa Nicomedes.

Elenita está en la cocina lavando los trastos con toda tranquilidad, – al fin y al cabo tenemos todo el día,- piensa. Nicomedes se resigna a perderse el partido de futbol soccer de las tres de la tarde, se acerca a la ventana que da a la calle, la persiana está alzada, y en ese preciso momento, va pasando por la banqueta la vecina de al lado. – Ahí va la mujer que ama nuestro vecino,- dice, con una voz lo suficientemente fuerte para que Elenita lo escuche. Un plato cae al piso haciéndose pedacitos; se oye el enérgico arrastrar de una silla que va y golpea la fuente de agua purificada cuyo botellón está vacío y cae al piso haciendo un ruido tremendo; a un lado de la puerta que está entre la sala y la cocina esta una especie de torre de madera que sostiene un florero de cristal lleno de flores artificiales, ambos caen al piso a causa del cuadrilazo de Elenita que pasa como alma que lleva el diablo, y casi golpea el cristal de la ventana con su frente, -¿dónde, dónde?- pregunta con un interés digno de mejor causa. Nicomedes con un movimiento de la cabeza, como apuntando con la barbilla le dice, –ahí…ahí, – próximo a soltar la caracajada. – Válgame viejo pero si es la esposa del vecino, – dice Elenita algo avergonzada.

Edmundo Spencer



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