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Luis D’Or






Un Sueño Estupendo—

Tendría Luis 17 o 18 años de edad, cuando don Ramón lo sorprendió con una noticia:



LE hacía honor a su nombre. Pero, antes de entrar de lleno en el relato que ahora me ocupa, permítanme decir, a manera de introducción, que los luises (luis d’or) eran unas monedas francesas de oro puro que tenían un valor de veinte francos cada una. Y este Luís, al que me refiero, era un joven de puro oro, digo, esa era la opinión de todos los que lo conocieron, hasta que sucedió lo que sucedió.

Haciéndole honor a la verdad, debo decir que yo no lo conocí personalmente porque lo vi una sola  vez en mi vida. Fue una tarde otoñal en que por causa de la altura sobre el nivel del mar (l, 433 metros) de la ciudad de Chihuahua, el frío ya se hacía sentir y nos obligaba a usar algún suéter o chamarra ligera. Serían, quizá, las tres de la tarde, cuando mi amigo Rubén y yo caminábamos de este a oeste por la calle Libertad. Calle céntrica y comercial, con negocios de toda índole en ambas aceras. Rubén era de Madera, Chihuahua, ciudad no muy grande, enclavada a 2,110 metros sobre el nivel del mar en la Sierra Madre Occidental. Como digo, caminábamos por la calle Libertad, Rubén y yo, nos dirigíamos a una librería ubicada muy cerca de la plaza principal donde sabíamos que servían un café muy sabroso, y se podía uno sentar a leer o a conversar tranquilamente.

Fue exactamente a la entrada de la librería donde nos encontramos a Luis; un joven de contextura atlética, bien parecido, de ojos verdes, y  de mirada penetrante. Rubén lo saludó con un efusivo abrazo e inmediatamente hizo la presentación correspondiente. Lo invitamos a tomar un cafecito pero respetuosamente declinó la invitación arguyendo que tenía cierto negocio relacionado con un trailer de dieciocho ruedas que debía atender con premura. Decidí, después del “gusto en conocerlo” obligado, penetrar en la librería para dejarlos conversar a sus anchas, obviamente.

La espera dentro de la librería no fue muy prolongada, diez o quince minutos quizá. Para cuando Rubén se reunió conmigo, ya estaba yo tranquilamente ubicado en aquella pequeña mesita que tenía solamente dos sillas. El vaporcito que emergía de las dos tacitas de café que previamente había  ordenado, olía a gloria, y ni qué decir de aquellas dos donas que al verlas en sendos platitos, parecían un adorno de antología muy propio de aquella mesita. Dos sabrosísimas donas, sabrosas de verdad. Sin perder el tiempo, sin miramientos, y sin comentarios entre Rubén y yo, devoramos las donas gozando de aquel sabor indeciblemente.  Al mismo tiempo pude notar que Rubén estaba un poco excitado, más bien, debo decir, emocionado. En aquel instante, y siendo que el pensamiento es rapidísimo, no sabía yo a qué atribuir el motivo de su emoción: si era porque se había encontrado con un amigo que hacía mucho tiempo que no veía, o porque le urgía contarme algo a cerca de Luís. Toda esa confusión pasó por mi mente de manera vertiginosa. Ni siquiera me fue necesario animarlo a que me contara la causa de su emoción; porque, antes de yo decir algo, Rubén comenzó a hablar, a relatar cosas relacionadas con aquel joven de ojos verdes, y de contextura atlética. A grandes rasgos, y si la memoria no me falla, y también, sin poder evitar algo de imaginación, esto fue lo que me contó:

Luís Almeida nació en Ciudad Anáhuac, Chihuahua. Ciudad Anáhuac está ubicada a unos 100 kilómetros al oeste de la capital del estado. Por circunstancias del destino, o de la suerte, o de lo que sea, Luis fue hijo único porque su madre murió al nacer él. No obstante eso, su padre don Ramón, lo crió rectamente: con principios morales, con disciplina, y sobre todo, le inculcó un sentido de responsabilidad y de amor al trabajo. Luis se graduó de secundaria con muy buenas calificaciones, y por lo que Rubén me contó, él hubiera querido continuar con su educación, pero por cuestiones económicas, ya no fue posible. Don Ramón trabajaba para “Celulosa de Chihuahua” con base en Ciudad Anáhuac,  y fue a través de sus influencias, que Luis fue  admitido en un curso de aprendizaje para manejar trailers de 18 ruedas de la compañía. “Celulosa de Chihuahua” era un complejo industrial que estaba afiliado, según parece, a Boise Cascade Internacional de Estados Unidos con base en Idaho. Celulosa de Chihuahua tuvo su principio de operaciones en la producción de toda clase de papel en el año 1956 en Anáhuac, y continuó operando hasta que, por falta de materia prima, clausuró en 1998.

Tendría Luis 17 o 18 años de edad, cuando don Ramón lo sorprendió con una noticia:

– M’ijo, vas a entrar a la escuela de choferes de la compañía para que aprendas a manejar trailers, – le dijo don Ramón, con su típico acento de los norteños de México.

Luis recibió la noticia como si le hubieran dado un martillazo en la cabeza, es decir, se quedó desconcertado, sorprendido; porque, -¿cómo supo mi apá que ese ha sido mi sueño de toda la vida?- Desde muy niño Luis albergaba la idea de algún día llegar a ser chofer de tráiler de dieciocho ruedas; aunque, en su mente infantil, aquel sueño le parecía imposible, ahora se hacía realidad.

– ¿Qué le parece la idea M’ijo, le gusta? Dijo don Ramón

– Pero por supuesto que sí Apá, – contestó Luis muy entusiasmado, – ese siempre ha sido mi sueño.

– Pos ya lo sé M’ijo, – dijo don Ramón, – aunque usté no lo crea, yo sé muchas cosas de usté, ¿apoco cree que no me doy cuenta de cómo mira las muchachas? No, no se me achicopale, está bien, eso es muy natural y normal en un joven como usted.- Luego, levantado la voz un poco, como para darle seriedad al asunto, dijo: – Pero tenga mucho cuidado, no me vaya a venir aquí con que tengo que casarme porque fulanita o sutanita está embarazada. Para casarse M’ijo, óigame lo que le digo, hay que estar preparado: En primer lugar, una buena profesión universitaria sería lo ideal; aunque, yo sé que eso no es posible; pero, qué me dice de un buen oficio; como carpintero, tornero, mecánico de autos, o, como en el caso de usted, un buen chofer de trailers. En segundo lugar, un buen trabajo es absolutamente necesario, y en tercer lugar, pos…compre o construya su propia casa, no me vaya a venir con que ‘me voy a casar apá y nos vamos a venir a vivir aquí con usté.’ No señor, eso no se lo voy a permitir, ¿me entiende M’ijo?

(El curso de manejo de trailers era algo complicado. Le tomó a Luis seis meses para aprender la teoría de cómo funcionan las trasmisiones de 12 velocidades. Hay que ver; yo ni siquiera sabía que esos tractores llevan semejantes trasmisiones: doce engranes para mover el vehículo hacia adelante, y dos para reversa. ¡Bah! Rubén, siendo que también él fue chofer de trailers, me explicó someramente lo complicado del asunto. Explicación que me entró por un oído y me salió por el otro. Lo único que se me quedó en la memoria es la fórmula física básica: P=T sobre t, es decir: Potencia igual a Trabajo sobre tiempo. Hasta la fecha no sé qué es eso).

Volviendo al relato que me ocupa. Luis, después de esos seis meses de teoría, y habiendo sido distinguido como alumno sobresaliente, pasó a la práctica de manejo. Al principio, acompañado de un chofer de experiencia, y en muy poco tiempo, y después de haber obtenido su licencia de chofer, fue empleado como tal, transformándose así, según parece, en el chofer más joven en la historia de “Celulosa de Chihuahua.”

Don Ramón y Luis formaban un equipo perfecto. Más que padre e hijo, parecían dos entrañables amigos que pasaban largas horas conversando, bromeando, e inclusive luchando cuerpo a cuerpo como si fueran dos chamacos. Por supuesto que cada uno tenía su propio espacio; Luis tenía muchos amigos jóvenes igual que él, y así mismo don Ramón. Los amigos de don Ramón eran hombres maduros que se juntaban de vez en cuando para jugar billar, o para ir de pesca, y claro, para conversar de cosas de viejos. Lo único que preocupaba a Luis era dejar a su padre solo mientras andaba por las carreteras de México manejando alegremente su tráiler. Era su trabajo y era bien remunerado. Muy pronto tuvo suficiente dinero para construir una bonita casa, siempre apoyado por su padre.

– Pero pos para qué quiere casa M’ijo, si ni novia tiene,- le decía don Ramón en son de broma.

– Tranquilo Apá, tranquilo, ya saltará la liebre,- y reían alegremente.

Pero en este mundo no todo es color de rosa, muy pronto las cosas comenzaron a cambiar entre aquellos dos grandes amigos; aquella camaradería poco a poco fue disminuyendo. En la mesa, por largos minutos Luis solo miraba el plato, sin comer nada, encerrado en sus pensamientos, y sin comunicar nada. Don Ramón, entristecido por la situación, solamente lo miraba, esperando que Luis, de su propia iniciativa, le dijera lo que estaba pasando. Para Luis, su padre fue el mejor amigo que jamás tuvo. Eso habría de reconocerlo años más tarde, después de la tragedia que ensombreció su vida.

—Edmundo Spencer

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