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El valor de nada



Desdén injusto—

Subestimo lo que poseo y,
Sobrevaloro las cosas que no son mías
. . .



EL MUNDO está tan arraigado dentro de nosotros, que nos es casi imposible escapar de él. Dependemos de pretensiones vanas para crear nuestro propio mundo, independiente de la realidad. Sobrevaloramos nuestra importancia. Subestimamos aquello que está más cercano a nosotros. Somos desdichados, nunca nos vemos como lo que realmente somos, y con frecuencia pensamos que la vida de otros, de alguna manera es mejor que la nuestra. El pasto, en la casa de enfrente, está más verde, la vida es mejor allá. Si tan solo pudiéramos intercambiar lugares.

Montaigne afirma que tal absurdo es realmente un tipo de vanagloria, un vacío en el que sobreestimamos y subestimamos la realidad de la vida cotidiana. Por ejemplo, la casa de mi vecino no es mejor que la mía; sin embargo, pienso que su casa tiene más valor que la mía simplemente porque no es mía. Si valoro lo que no es mío más de lo que debo, es obvio que considero que lo que es mío, tiene menos valor. En cualquiera caso, sigo siendo un pobre infeliz, o como Montaigne lo explica:

Subestimo las cosas que poseo, solo porque las poseo, y le doy más valor a las cosas que no son mías, que pertenecen a otro y no están al alcance de mi mano. Este hábito mental…trae como consecuencia, que los esposos vean a sus esposas, y los padres a los hijos, con un desdén injusto —II, 17: Sobre la Presunción.

Esto concepto del desdén no está muy alejado de lo que encontramos en La Sagrada Escritura:

Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos
con ellas
—Colosenses 3:19.

En una ocasión una mujer que vivía dentro de un matrimonio en problemas, preguntaba qué había hecho ella para que su esposo la tuviera en tan baja estima. No podía complacerlo, y se enojaba por cosas insignificantes. Aun así lo amaba, pero se le hacía muy curioso que Dios mandó al hombre a que amara a su esposa. El amor para ella era algo normal. Simplemente no podía comprender la ira mal dirigida y constante de su esposo.

¿Qué es lo que hace que un hombre sienta amargura hacia su esposa? ¿Acaso persiste un sentimiento primitivo, un resentimiento que data desde Adán en el Jardín del Edén? Después de todo, el pecado entró al mundo por una mujer, y eso ¿qué?, Cristo vino al mundo por una mujer también. Una cosa anula la otra así como el dolor de dar a luz se olvida cuando la madre ve la cara de su niño por primera vez.

Parece ser pues, que la explicación más correcta se asemeja a lo que sugiere Montaigne. El hombre devalúa a su esposa simplemente porque es su esposa. A él le parece que la otra mujer es mejor de la misma manera en que considera que la otra casa se ve mejor que la que posee. Da la impresión de que piensa que lo que no le pertenece, es mejor que lo que tiene.

Admítase, el mal subyacente aquí es la codicia. Y la ironía es que, en el mandamiento, no codiciarás, la mujer es puesta en la misma categoría de una casa, un buey, o como cualquier posesión material.

No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo. . . ni cosa alguna de tu prójimo —
Éxodo 20:17.

La perspectiva moderna afirma que la mujer es solamente un mueble, algo que pertenece al esposo, sin vida propia. Ya antes hemos oído el punto de vista feminista, y es posible que haya algunos que crean esto, pero esa explicación parece muy simplista. Los soportes de esta perspectiva son más complejos. Realmente, la perspectiva moderna nunca toma en cuenta el por qué cualquiera de nosotros desea tener algo que no tiene. Suponemos que una persona codicia la casa de su vecino porque el vecino posee una casa mejor, pero no es eso lo que la Escritura dice. No, deseamos una esposa diferente por la misma razón por la que deseamos un automóvil diferente, o una casa diferente, o cualquiera otra cosa diferente. No es porque estas cosas son objetos meramente impersonales. La realidad es que ambicionamos algo aparte de nuestra propia vida. Una casa diferente a la que tenemos no nos va ayudar en lo más mínimo. Una esposa diferente no nos va a satisfacer. El vivir en otra parte no va a hacer que nuestra vida sea mejor, o menos amarga. El problema esta dentro de nosotros.

Volviendo a la mujer del matrimonio en problemas. Al esposo se le manda a que ame a su esposa, no porque no sea natural, sino porque eso es lo natural. Lo mejor que un hombre puede hacer por sí mismo, es amar a su esposa. Esa es la realidad. El por qué se nos manda a que no seamos ásperos con ellas es porque el desdén, es lo opuesto al amor. Parece que en el mandamiento se puede ver lo positivo y lo negativo. Si amamos, no debemos ser ásperos, jamás. Cuando el hombre se dirige a su esposa con palabras ásperas, eso no es amor. Ni siquiera es natural.

Lo mejor que uno hombre puede hacer por su esposa, es amarla por lo que ella es. No le pida que se parezca a la esposa del vecino. No la desdeñe, no haga el papel de machismo ridículo. Ese no es el parecer de Dios. Lo mejor que un hombre puede hacer por sí mismo es amar a su esposa. Llámele interés propio, si gusta, pero es tan natural como respirar. Lo mejor que un hombre puede hacer por sus hijos, es amar a la mamá de ellos. No es necesario poner los ojos en algo más que su propia vida, su propia familia, y su propia esposa: “…y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud” (Malaquías 2:15).

—James Sanders

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